por Péter Forgács
"Todo lo que vemos podría ser de otra manera.
Y absolutamente todo lo que describimos podría
adoptar una forma distinta también."
Ludwig Wittgenstein
… Si Wittgenstein estaba en lo cierto, ¿por qué no podemos cambiar el presente y/o el pasado, nuestras vivencias reales, con la “fuerza y el poder de la memoria”? ¿¡Podemos hacer otra cosa!? ¿Podría ser borrada la obscenidad de la historia (pública y privada) por la revelación de la ucronía?
Dado que la utopía es un territorio utópico, la ucronía es la zona temporal utópica. El objetivo de mis obras no es (prácticamente) otro que el de interrogar a la mente, a los sentidos, a la mirada, para cuestionar y dar cuenta de las ilusiones y la naturaleza de la percepción. Más que crear una “ficción” a partir de documentos, se trata de crear un documental “corrigiendo los errores y las faltas del pasado”.
Desde luego, la respuesta no es tan sencilla, pues el cine (cinema-to-grafo) cambió radicalmente la base temporal de la percepción humana, convirtiendo el tiempo pasado en “hecho” puro y duro. Las artes basadas en el tiempo han tenido un efecto más serio de lo que podamos creer sobre nuestra percepción de la realidad y la ficción. Gracias al flujo permanente de representaciones que nos llegan a través de diversas formas audiovisuales (web, YouTube…, ¿alguna otra?), la percepción ucrónica ya forma parte de nuestro día a día. Después de todo, ¿hay otras formas de dialogar con el pasado que no pasen por los clichés que han establecido las formas audiovisuales? Tal vez esta sea una de las razones por las que he elegido la película doméstica como fuente, para crear un mosaico de tiempo alternativo y tratar de responder al enigma de los “hechos”.
La inmortalizadora película privada constituye una suerte de “dialecto de la imagen narrativa” interpretado por el amateur. Marcada por el lapsus freudiano de manera similar a la lengua cotidiana, la película doméstica también es una colección de errores. La feliz película privada está constituida por imágenes arrancadas al flujo del aquí y el ahora y el espectador reconstruye los significados de los fragmentos cinematográficos eventualmente aprovechados. Percibiremos el tiempo como si hubiera “sucedido” ahí y entonces. El proceso metanarrativo. Los actores mortales de las historias privadas son una especie de monumento efímero de su (felicísima) vida propia. Se puede decir que lo amateur alcanza la eternidad gracias al consenso (privado) sobre el significado de aquello que de “hermoso”, “interesante”, “memorable”, “importante”, “llamativo”, “mono”… y “curioso” tienen las imágenes.
Siguiendo a Wittgenstein, el acuerdo sobre el significado de estas imágenes se negocia en “el lenguaje del juego”, un consenso permanente de pactos y significados: lo que resulta bonito hoy, puede causar desagrado mañana. Lo que ayer (o hace 100 años) era profundo y emocionante, puede resultar cómico o sentimental en la actualidad. La VIDA en celuloide (en vídeo, en un soporte digital, en mi teléfono) se convierte, de manera subsiguiente, en el orden de las cosas. Desde este punto de vista, la memoria fílmica –colección de cosas y hechos– sugiere que la vida solo puede vivirse “de esta forma” y “no de otra”.
El tiempo congelado en la trampa de los equívocos (recordamos mejor los anuncios de la televisión que el rostro del abuelo) se encuentra en la cinta electromagnética, en el celuloide, en la superficie digital llamada archivo, y es etiquetado por los significados coloquiales locales, o por el poder. Las imágenes se comportarán como folclore o como reglas del juego; o, dicho de una manera más simple, como los significados efímeros y los sentimientos que están ahí fuera. Como “resultado”, la imagen emite sus destellos y se da la posibilidad de que la imagen arcaica aparezca tras sus capas. Esto es lo que busco todo el tiempo.
Dado que la utopía es un territorio utópico, la ucronía es la zona temporal utópica. El objetivo de mis obras no es (prácticamente) otro que el de interrogar a la mente, a los sentidos, a la mirada, para cuestionar y dar cuenta de las ilusiones y la naturaleza de la percepción. Más que crear una “ficción” a partir de documentos, se trata de crear un documental “corrigiendo los errores y las faltas del pasado”.
Desde luego, la respuesta no es tan sencilla, pues el cine (cinema-to-grafo) cambió radicalmente la base temporal de la percepción humana, convirtiendo el tiempo pasado en “hecho” puro y duro. Las artes basadas en el tiempo han tenido un efecto más serio de lo que podamos creer sobre nuestra percepción de la realidad y la ficción. Gracias al flujo permanente de representaciones que nos llegan a través de diversas formas audiovisuales (web, YouTube…, ¿alguna otra?), la percepción ucrónica ya forma parte de nuestro día a día. Después de todo, ¿hay otras formas de dialogar con el pasado que no pasen por los clichés que han establecido las formas audiovisuales? Tal vez esta sea una de las razones por las que he elegido la película doméstica como fuente, para crear un mosaico de tiempo alternativo y tratar de responder al enigma de los “hechos”.
La inmortalizadora película privada constituye una suerte de “dialecto de la imagen narrativa” interpretado por el amateur. Marcada por el lapsus freudiano de manera similar a la lengua cotidiana, la película doméstica también es una colección de errores. La feliz película privada está constituida por imágenes arrancadas al flujo del aquí y el ahora y el espectador reconstruye los significados de los fragmentos cinematográficos eventualmente aprovechados. Percibiremos el tiempo como si hubiera “sucedido” ahí y entonces. El proceso metanarrativo. Los actores mortales de las historias privadas son una especie de monumento efímero de su (felicísima) vida propia. Se puede decir que lo amateur alcanza la eternidad gracias al consenso (privado) sobre el significado de aquello que de “hermoso”, “interesante”, “memorable”, “importante”, “llamativo”, “mono”… y “curioso” tienen las imágenes.
Siguiendo a Wittgenstein, el acuerdo sobre el significado de estas imágenes se negocia en “el lenguaje del juego”, un consenso permanente de pactos y significados: lo que resulta bonito hoy, puede causar desagrado mañana. Lo que ayer (o hace 100 años) era profundo y emocionante, puede resultar cómico o sentimental en la actualidad. La VIDA en celuloide (en vídeo, en un soporte digital, en mi teléfono) se convierte, de manera subsiguiente, en el orden de las cosas. Desde este punto de vista, la memoria fílmica –colección de cosas y hechos– sugiere que la vida solo puede vivirse “de esta forma” y “no de otra”.
El tiempo congelado en la trampa de los equívocos (recordamos mejor los anuncios de la televisión que el rostro del abuelo) se encuentra en la cinta electromagnética, en el celuloide, en la superficie digital llamada archivo, y es etiquetado por los significados coloquiales locales, o por el poder. Las imágenes se comportarán como folclore o como reglas del juego; o, dicho de una manera más simple, como los significados efímeros y los sentimientos que están ahí fuera. Como “resultado”, la imagen emite sus destellos y se da la posibilidad de que la imagen arcaica aparezca tras sus capas. Esto es lo que busco todo el tiempo.
(2011)